Publicaciones en la Prensa

Última columna publicada por nuestra Decana,  Margarita María Errázuriz, en el diario “La Segunda”:

Jueves 27 de Junio de 2013

Las mujeres y el sentido del deber

En este último tiempo, dos mujeres destacadas, exitosas, que gozan de gran prestigio —Michelle Bachelet y Carolina  Schmidt—, han tomado decisiones que son difíciles de entender. Desde mi perspectiva, sus opciones tienen tan alto costo político y personal, que las considero prácticamente suicidas. Desde posiciones ya ganadas, habiendo conseguido el respeto de la gran mayoría, con índices de popularidad altísimos, han aceptado ocupar cargos que las harán perder gran parte de lo ganado. Desde luego, Carolina Schmidt en tan sólo un mes pasó del primer puesto al último en la evaluación de los ministros. Por su parte, Michelle Bachelet, si es elegida Presidenta como se presume, al término de sus cuatro años seguramente habrá perdido mucha de la aceptación pública de la que hoy goza. Todos sabemos que los problemas de la educación son una papa caliente y nadie duda de que el próximo período presidencial será dificilísimo. En los tiempos que corren, las tareas que ambas han asumido son misiones imposibles.

Dudo que lo hayan hecho por gusto. A mi parecer, lo han hecho por sentido del deber. Poner a las mujeres en posiciones como las que han debido enfrentar Michelle Bachelet y Carolina Schmidt es gatillar un piloto automático que está en su ADN: el de ese sentido del deber.

Cuando doy esta opinión, muchos la rechazan. Se sostiene que el deseo de poder es irrefrenable en hombres y mujeres, que estos cargos generan adrenalina, la que actúa como una droga, y que así se explica la decisión tomada por ambas. Me cuesta creer esta teoría. Tengo otra y es que las mujeres no buscan el poder por el poder; lo quieren si con él pueden hacer algo que valga la pena. Claro que en estos casos pienso que no primó el valor de la causa asumida, sino la lealtad y compromiso con un grupo político. Como un acuerdo de este tipo tiene menos mística, nos encontramos hoy con mujeres distintas a las que hemos conocido. Así me explico a la Michelle que hemos visto en los debates, con menos entusiasmo, luminosidad y cercanía que antaño; diría que su discurso es mental, más frío, fruto del esfuerzo de enfrentar una tarea que sabe dura y que ya no le es tan propia. Sobre Carolina tengo menos referencias, pero no se la escucha hablando sobre educación con el entusiasmo con que hablaba sobre las mujeres, y es fácil imaginar los malos ratos que debe haber pasado y los que todavía tendrá que enfrentar.

Siempre he apoyado la participación política de las mujeres. Creo que su instinto maternal, impreso en las formas de su cuerpo, las que hablan de una emocionalidad nutritiva, íntima, acogedora, graba en todas, con o sin hijos, una actitud de cuidado por los demás. Y nuestra sociedad ¡necesita de ese cuidado! Pero nunca había pensado en que los tejes y manejes de la política impusieran costos sociales tan altos. La participación de las mujeres tiene costos familiares —“brutales”, como ha dicho la candidata a la Presidencia— que repercuten en la sociedad, y su no participación también los tiene al dejar de recibir su aporte.

La política no puede ser tan absorbente que anule la vida personal. Tal como se practica, exige dedicación a tiempo completo y es difícil poner distancia cuando se está en ella. Este ritmo tiende a anular la capacidad reflexiva y creativa. Nuestra cultura política también impone un costo al propio quehacer en ese ámbito.

Ahora que se discute sobre la institucionalidad del sistema político, la participación de las mujeres en él y los estatutos de los partidos, es el momento de incorporar reglas que permitan a todos —hombres y mujeres— tener una vida más humana. El modelo 24/7, las reuniones nocturnas, no ser capaz de vencer la ansiedad de telefonear a cualquier hora para compartir opiniones, se justifica sólo en caso de catástrofe o de un problema muy serio. El trabajo político en el día a día no debiera ser distinto al de cualquier otro quehacer.

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